A partir de los distintos fenÓmenos y episodios acaecidos en los Últimos tiempos en el campo de la viticultura, podemos sacar una conclusiÓn clara sin mucho riesgo de equivocarnos: si las dos Últimas dÉcadas del siglo XX fueron los años del Énfasis en las vinificaciones, el tiempo transcurrido en el siglo XXI se destaca por la atenciÓn primordial al viÑedo.
Por
Diego
Núñez
En los 80 y 90 del pasado siglo se vivió una auténtica euforia tecnológica; es como si ese perpetuo espíritu fáustico o prometéico, que siempre ha acompañado a la cultura moderna desde su nacimiento, ese espíritu que piensa que todo se puede transformar y mejorar hasta el infinito hubiese irrumpido de pronto en el mundo del vino. La ciencia del vino, la enología, se institucionaliza cada vez más en esos años: lo que antes eran pequeños institutos o laboratorios se convierten ahora en Facultades. Consecuentemente, los enólogos saltan a un primer plano y constituyen un gremio específico de conocimiento. Ya no es ese químico aislado y extraño que vive en la comarca, al que algunos ven casi como un alquimista medieval, y al que se acude en caso de extrema necesidad. Es más, el enólogo se pone de moda, y una minoría, a tono con los
tiempos, configura el hecho sociológico del enólogo-jet, del enólogo-asesor-volante o del flying wine-maker.
Está claro que el desarrollo de la ciencia enológica ha contribuido poderosamente al conocimiento preciso de muchos aspectos vinícolas; pero lo que nos interesa constatar es que hoy se vive una cierta actitud de repliegue y de comedimiento en este terreno. Hay una conciencia bastante generalizada entre los hombres del vino de que los avances tecnológicos han dado ya de sí casi todo lo que tenían que dar de cara a la mejora cualitativa de los vinos, y de que ahora hay que poner el énfasis en la materia prima. Frente al anterior entusiasmo, más que enológico,“enologista”, comienzan a oirse críticas ante los excesos tecnológicos y se prodigan las declaraciones de pudor y humildad